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Más áreas protegidas y restauración marina: el plan del Mediterráneo para cuidar sus ecosistemas

Los países de la región están ampliando las áreas marinas protegidas, impulsando proyectos de restauración y fortaleciendo el monitoreo de la biodiversidad, con la meta de conservar al menos el 30% de las zonas marinas y costeras hacia 2030.

Internacional

El Mediterráneo avanza en una estrategia regional para fortalecer la protección de sus ecosistemas marinos. La creación de nuevas áreas protegidas, la recuperación de hábitats degradados y una mejor gestión de los espacios ya conservados forman parte de las principales medidas que distintos países están impulsando para proteger la biodiversidad de este mar compartido.

La meta forma parte del objetivo internacional 30×30, que plantea conservar al menos un 30% de las áreas terrestres, de aguas continentales, marinas y costeras del planeta hacia 2030. En el Mediterráneo, los países han reforzado este compromiso mediante el Convenio de Barcelona y distintas estrategias regionales de conservación.

Para Tatjana Hema, coordinadora del Plan de Acción para el Mediterráneo de Naciones Unidas (UNEP/MAP), los avances alcanzados hasta ahora deben ir acompañados de una aceleración de los esfuerzos. La especialista ha destacado que cumplir con la meta 30×30 requerirá ampliar y fortalecer redes de áreas marinas protegidas bien gestionadas, ecológicamente representativas y conectadas entre sí.

Más que ampliar las áreas protegidas

Una parte importante de esta estrategia consiste en mejorar lo que ocurre dentro de las zonas que ya cuentan con alguna figura de protección. Esto implica fortalecer sus planes de gestión, aumentar el monitoreo científico y reducir las actividades que deterioran los ecosistemas para facilitar su recuperación. UNEP/MAP también trabaja en una visión regional compartida orientada a mejorar la conectividad ecológica y conseguir resultados medibles para la biodiversidad.

La restauración marina puede adoptar distintas formas dependiendo del hábitat. En algunos sectores supone recuperar praderas submarinas, bosques de algas u otros ecosistemas dañados; en otros, el trabajo comienza reduciendo las presiones humanas para permitir que la naturaleza se regenere por sí misma.

En el caso de las praderas marinas, por ejemplo, pueden utilizarse técnicas de replantación o trasplante en lugares donde la vegetación submarina se ha deteriorado. Estas intervenciones deben acompañarse de medidas que reduzcan las causas del daño, ya que restaurar un ecosistema sin controlar las presiones que lo degradaron puede limitar su recuperación a largo plazo.

También es posible favorecer la regeneración natural protegiendo determinadas zonas de nuevas perturbaciones y realizando seguimiento científico durante varios años. De esta manera, la restauración no consiste únicamente en “replantar” el fondo marino, sino en recuperar las condiciones necesarias para que peces, plantas y otros organismos vuelvan a desarrollarse.

Una de las especies especialmente relevantes es la Posidonia oceanica, cuyas praderas submarinas contribuyen a sostener la biodiversidad, proteger las costas, aumentar la resiliencia frente al cambio climático y almacenar carbono. Su conservación forma parte de las iniciativas consideradas en la estrategia mediterránea de desarrollo sostenible.

Túnez avanza hacia la meta 30×30

Uno de los ejemplos más recientes se encuentra en Túnez. El 13 de febrero de 2026 fue lanzado oficialmente el proyecto Tunisia towards 30×30, una iniciativa destinada a fortalecer y ampliar la red de áreas marinas y costeras protegidas del país.

El programa tendrá una duración de tres años y medio, hasta 2029, y contempla identificar espacios de alto valor ecológico, reforzar su protección y mejorar la efectividad de la gestión en áreas ya existentes. El proyecto reúne al SPA/RAC, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza en el Mediterráneo y WWF Norte de África.

Atef Limam, responsable de proyectos de Áreas Marinas Protegidas de SPA/RAC, ha destacado que la iniciativa no parte desde cero, sino que recoge años de conocimiento científico, experiencia sobre el terreno y cooperación nacional y regional. Para Limam, proteger la riqueza biológica de Túnez también significa fortalecer los medios de vida y la resiliencia de las comunidades costeras.

La experiencia tunecina se suma a un esfuerzo regional más amplio por combinar la creación de nuevas áreas protegidas con una gestión más efectiva de las existentes, restauración ecológica y herramientas científicas que permitan conocer mejor el estado de la biodiversidad.

Los desafíos hacia 2030

Pese a los avances, la distancia hasta la meta sigue siendo importante. Alcanzar el 30% de protección exigirá ampliar considerablemente las redes existentes y, al mismo tiempo, garantizar que las zonas protegidas cuenten con gestión, financiamiento, monitoreo y medidas capaces de generar resultados reales para los ecosistemas.

La región también enfrenta presiones asociadas al cambio climático, la contaminación, la degradación de hábitats y la sobreexplotación de recursos naturales. Por eso, el desafío no se limita a aumentar la superficie protegida, sino a conseguir que esas áreas sean ecológicamente representativas, estén conectadas entre sí y funcionen de manera efectiva.

Con menos de cuatro años para alcanzar la meta fijada para 2030, la apuesta mediterránea comienza así a poner el foco no solo en cuánto mar aparece protegido sobre un mapa, sino también en qué ocurre bajo el agua y cuánto pueden recuperarse realmente esos ecosistemas.

Redacción El Fuerte Noticias

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