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La IA no nos va a reemplazar. Nos puede ahorrar el trabajo de pensar

Por Boris González Ojeda, gerente de VirtualPoint y presidente de ARIA Los Ríos. Hace poco me pillé aceptando una respuesta de una inteligencia artificial sin revisarla. Era buena, sonaba segura, y ese fue justamente el problema: nada en ella me invitó a dudar.

Llevamos un par de años discutiendo si la IA nos va a quitar el trabajo. Es una pregunta legítima, pero incompleta. La que más me inquieta es otra: qué pasa si la tecnología sigue mejorando mientras nosotros vamos soltando, de a poco, el hábito de pensar.

No es una intuición de sobremesa. Un estudio de Microsoft Research y Carnegie Mellon, presentado en CHI 2025, encuestó a 319 profesionales que usan IA en su trabajo y revisó 936 casos reales. El resultado es incómodo por lo simple: mientras más confía alguien en la herramienta, menos verificación declara aplicar. Mientras más confía en su propio criterio, más lo ejerce. El estudio no prueba que la IA nos vuelva tontos. Pero muestra dónde está la grieta.

Dietrich Bonhoeffer, teólogo alemán ejecutado por el nazismo en 1945, escribió algo parecido setenta años antes de que existiera ChatGPT. Sostenía que la estupidez es más peligrosa que la maldad, porque contra la maldad se puede protestar y contra la estupidez no hay defensa. No hablaba de falta de inteligencia, sino de perder autonomía frente al grupo y frente a la autoridad. Por eso, decía, afecta también a gente educada y brillante. Hoy tenemos una autoridad nueva en la mesa: una que responde cualquier cosa en segundos y puede sonar muy segura incluso cuando está equivocada.

Una cosa es usar la máquina para pensar mejor. Otra es pedirle que piense para no hacerlo uno. Hablamos todo el tiempo de inteligencia aumentada, pero habría que empezar a hablar de estupidez aumentada. Quien no verifica y no cuestiona lo que ya cree, antes tenía límites físicos para difundir sus errores. Hoy puede producir cien artículos en una tarde. La IA no necesita fallar para que eso ocurra. Le basta obedecer.

Queda la pregunta más incómoda, la de la responsabilidad. Cuando un sistema recomiende a quién contratar o a quién darle un crédito, ¿quién responde? Decir «lo recomendó la IA» puede terminar siendo la versión tecnológica de «yo solo seguía instrucciones». Delegar cálculo es tecnología. Delegar ejecución es automatización. Delegar responsabilidad es otra cosa, y ya sabemos a dónde lleva.

Escribo esto desde el optimismo, no desde el miedo. En Los Ríos llegamos a esta tecnología a tiempo para adoptarla con criterio, en lugar de copiar recetas ajenas cinco años tarde. Eso depende menos del presupuesto que de la costumbre de preguntar.

Boris González Ojeda, gerente de VirtualPoint y presidente de ARIA Los Ríos.

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